27 nov. 2016

Oiartzun, Peñas de Aia, y un poco más arriba


Parece mentira, que lleve aquí 30 años y siga descubriendo nuevos rincones de Euskadi. Esto es un no parar, a dios gracias, porque así, se nos hace más ameno el camino.

Este finde hemos celebrado el cumpleaños de Katiuska, y como ella se lo merece todo, nos hemos tirado al monte, como las cabras, y también, a otros lares que ahora os voy a contar. Planificar un viaje, no me suele costar mucho, sobre todo porque siempre encuentras gente dispuesta a ayudar y recomendar (en este caso, agradecer a Yolanda, donostiarra de pro, un par de propuestas que nos han encantado). Pero vayamos por parte.


Oiartzun

El pueblo es extenso, con mucho sentimiento euskaldun, de la Euskadi más auténtica, y tiene varios edificios con blasones que bien merecen una paradita, aunque sea corta. Ahora mismo, creo que es un pueblo eclipsado por la Bella Easo, pero que en días pasado tuvo gran relevancia por la extracción de hierro, plata, plomo... luego os cuento más.

Primero hablar del lugar donde nos alojamos, ya sabéis que me gusta recomendar aquellos sitios que nos han gustado, y éste es el caso de Txikierdi Alde en Oiartzun, que pese a estar un poco verde todavía por la reforma, el personal se ha portado fenomenal y las habitaciones estaban estupendas. Camas y almohadas maravillosas, bien decorado y en un entorno de naturaleza. Os dejo foto de la habitación, para que juzguéis por vosotros mismos.  Y el precio, maravilloso.



Saint Jean de Luz - Iparralde

Salimos sábado por la mañana, bien temprano, no fuera que nos quedáramos sin día para disfrutar claro!. Y en vez de dirigirnos a Oiartzun, tiramos p'a Francia, ya que estábamos en la carretera, qué más daba, 100 que 200, kms digo. Porque Euskadi es grande y cruza fronteras, y además, es que los pueblos de Iparralde tienen un je ne sais quoi, que los hacen diferentes. Y si nuestra Kati tenía antojo de la France, y no íbamos a ser nosotros los que pusiéramos pegas. Y allí que nos fuimos.


 Primera parada Saint Jean de Luz. Se diría que viven de vender telas, telas muy vascas, porque la mitad de los comercios las ofrecen, pero yo creo que el turismo también va por allí por la playa, los quesos y los crêpes de Nutella. Nosotros fuimos por estirar las piernas, practicar francés y comer unos moules, que estábamos de antojo. 


Como siempre, recorrer las calles es una delicia, encuentras vascos y vascas, por todos lados, porque aquí se nos juntan los vascos de casa, con los vascos franceses, así que no tenemos escapatoria, parece que no hemos salido del pueblo. Y después de recorrerlo, parar aquí y allá, no comprar nada, y cansarnos un rato, decidimos que era momento de sentarnos a comer, no se nos pasara la hora del manger y nos quedáramos con las ganas.


Château d'Abbadia

Y siguiendo con ese horario tan tempranero que tienen los franceses, nos fuimos derechitos a visitar el Château d'Abbadia en Hendaya, antes de darnos tiempo a tomar el té de las 5, por si las moscas.


Y mira tú, que un guía ecuatoriano nos contó con pelos y señales la vida y obra del Sr. Abbadia, un gran explorador y astrónomo del siglo XIX. Este hombre concibió un sitio curioso para vivir con su amada Virginie, lleno de puertas escondidas, decoraciones estrambóticas inspiradas en otros continentes, otros mundos y otras culturas. Os recomiendo la visita, porque tiene un aire singular y una historia detrás, siempre encontramos una historia detrás. Lo que no me quedó claro es que si el Antoine éste, estaba tan enamorado de su Virginie, por qué narices dormía al otro lado de la casa... hubiera entendido habitaciones contiguas con las puertitas secretas,  pero estos, yo creo que no ...., vamos, que no había mucho tema. Ellas con sus perritos, y él con sus telescopios, felices para siempre.

Hecha la visita, arrancó a lloviznar, así que decidimos irnos a descansar al hotel, porque teníamos noche de sidrería y eso si que iba a ser comer de verdad. 


Las minas de Arditurri y las Peñas de Aia, ¡gran descubrimiento!
























Llegar a la mina no es fácil, mentiría si dijera que sí, y no os voy a engañar, el GPS funciona un poco a su bola. Aún así, con la pericia de Conra, llegamos a puerto, tarde, pero llegamos.

Nada más aterrizar, empezaron a entremezclarse los olores de alubias rojas con el fuego de una txondorra (carbonera para los amigos). Por supuesto, todos se rieron de mí y me dijeron que estaba obsesionada con la comida, que como iba a oler a alubias. Ja! otra cosa no será, pero no hay quién me gane en temas gastronómicos (os recuerdo mi frustrada profesional de trabajar para la Guía Michelin), y ahí estaban las alubias, claro que sí.


Los paisanos que estaban dándole caña a la txondorra tenían la putxera con las alubias, faltaría plus, que uno será de pueblo, pero comer, comemos de p.. madre.

Pasado el humo del carbón, y después de ponernos al día de la historia de la mina, pasamos al momento look "soy minero" al más puro estilo Antonio Molina. Que yo he nacido para la pasarela, es un innegable...



Algunos ilusos pensaron que iban a tener claustrofobia... claustro qué?? madre del amor hermoso, si aquello tenía unos socavones que no sé ni cómo no se caía la montaña! Los romanos que eran más listos que el hambre, en cuanto olieron la plata allí que se quedaron, y chicos, parecían catalanes, de la que se ponen con algo, se ponen. Túneles, cuevas, río subterráneo, se metieron un curro que para qué. Bueno, que para qué no, allí que pasaron unas cuantas compañías de minas extrayendo plata y plomo a cascoporro.


Y el resultado es una visita muy muy recomendable, por lo asombroso que hay allí. De verdad que si tenéis hijos, tenéis que llevarles, les va a encantar y van a entender perfectamente el trabajo que allí se hacía.

La visita dura una hora, y recorres la mina por varios niveles. Puedes ver restos de las cuevas excavadas por los romanos y las diferencias con las excavaciones más modernas.



Después de salir de la mina, buscábamos la luz y el sol, hacía un día espléndido. Y siguiendo las indicaciones de la guía de la mina tiramos p'a el monte en busca de los hayedos que se utilizaban en la mina. Por supuesto, ni que decir tiene, que nos perdimos a la primera de cambio, y acabamos en la cima de un monte del Parque Natural Peñas de Aia: no nos podía haber ocurrido nada mejor...























Qué paisaje tan, tan, tan, tan bonito por dios! miraras a donde miraras, valles, picos, verde, árboles, otoño... buffff, no tengo palabras. Increíblemente bonito de verdad. 
























Y allí estábamos, intentando retener con la vista todo aquello. Un día espléndido para tal aventura, vive dios.

Y se iba terminando el fin de semana, intenso, lleno de risas y de buenos momentos, y como no puede ser de otra manera, lo voy a finiquitar con una foto de comida, que seguro que ya la estabais echando de menos. Pantxineta del Pikoketa, casera y muy rica. On egin!







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